Dopaje tecnológico y otras “trampas” de un Gran Maestro

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En la última década, dos de las noticias ajedrecísticas más comentadas por jugadores, fanáticos y especialistas tuvieron un inesperado protagonista: un baño. En 2006, en el esperado match por la reunificación del título mundial, el búlgaro Veselin Topalov consideró sospechosas las continuas visitas al baño que realizaba su rival, el ruso Vladimir Kramnik, porque podría estar recibiendo allí ayuda de un dispositivo electrónico.

La acusación no pudo ser demostrada; pero el escándalo fue enorme y casi termina con la cancelación del match. Recientemente, en la sexta ronda del torneo Abierto de Dubái, el armenio Tigran Petrosian tuvo una sospecha similar a la de Topalov, pues su oponente, el georgiano Gaioz Nigalidze, dos veces campeón de su país, se “escapaba” del tablero cada vez que la posición estaba complicada y salía para el baño.

Petrosian protestó y los árbitros esperaron a que Nigalidze saliera del baño. Vino un registro, pero los jueces no encontraron nada sobre el cuerpo del Gran Maestro; sin embargo, al buscar dentro del baño, envuelto en papel higiénico, apareció “la prueba del delito”: un iPhone, en el que corría una aplicación de ajedrez, con la posición exacta del duelo entre Nigalidze y Petrosian.

El fraude era evidente; aunque el georgiano mantenía que el teléfono móvil no era suyo. Ni siquiera cuando le mostraron su perfil de Facebook abierto quedó convencido; pero para los árbitros no había más dudas, así que expulsaron al jugador del torneo.

El escándalo provocado por la trampa de Nigalidze vuelve a poner sobre la mesa de discusión uno de los mayores problemas que enfrenta el ajedrez en la actualidad: el dopaje tecnológico. Mientras otros deportes se preocupan—y con razón—por las sustancias que ingieren los atletas para mejorar su estado físico, en el llamado “juego ciencia” el foco de la atención está en el empleo de las nuevas tecnologías como mecanismo fraudulento de ayuda al ajedrecista.

En la actualidad el entrenamiento ajedrecístico, no solo de los Grandes Maestros, incluye un contacto directo con potentes software y enormes bases de datos que guardan millones de partidas. El apoyo en las TIC es esencial para la formación de los jugadores; pero cuando estos tratan de suplantar el talento por las respuestas muy bien calculadas del programa informático, entonces surge el “dopaje tecnológico”.

No es extraño que los organizadores de diferentes eventos en el mundo hayan prohibido, hace mucho tiempo, el empleo de celulares durante el desarrollo de las jornadas competitivas; además, ya a nadie le sorprende la utilización de detectores de metales y dispositivos bloqueadores de señales inalámbricas que se complementan con la inspección física a los ajedrecistas, todo con tal de impedir el uso de dispositivos que “piensen por los jugadores” en las partidas.

La preocupación es tan grande que, en 2014, la Federación internacional de ajedrez creó la Comisión Anti Trampas, en la que, de seguro, será analizado el caso de Nigalidze. De acuerdo con el reglamento de esta Comisión, si se demostrara la culpabilidad—y la del georgiano es muy evidente—, entonces el castigo incluiría tres años de separación del sistema de torneos de la FIDE. Si hubiera reincidencia, entonces serían 15 años sin intervenir en certámenes. Son penalidades severas, pero imprescindibles, si tenemos en cuenta la complejidad del asunto y su importancia para la credibilidad del ajedrez.

Muy lejos de Dubái, exactamente en San Luis, otro Gran Maestro, este sí de la súper elite, también sufrió un forfait en una partida de ajedrez. La gran noticia del Campeonato nacional de Estados Unidos probablemente no haya sido el triunfo del principal favorito, Hikaru Nakamura, sino el revés que sufrió el ahora estadounidense Wesley So, por escribir mensajes de autoayuda en una hoja de papel.

So mantuvo durante un largo tiempo una mala costumbre: en las partidas escribía, en la planilla donde supuestamente solo pueden aparecer las jugadas realizadas, mensajes para sí mismo (“concéntrate”, “utiliza tu tiempo”, “no te pares” y frases similares).

El Gran Maestro, de origen filipino, había recibido varias advertencias por este comportamiento; pero no les hizo caso. En su enfrentamiento contra Varuzhan Akobian, So decidió seguir con su práctica, solo que esta vez no escribió en la planilla, sino en una hoja aparte. Akobian se quejó ante el árbitro principal y este determinó que la “tercera era la vencida”, por lo que detuvo el reloj del cotejo y decretó el forfait.

Las reglas de la FIDE establecen claramente que, mientras se desarrolla una partida, los ajedrecistas tienen prohibido tomar cualquier nota. Quizás a algunos les parezca ridículo este reglamento, por ejemplo, a Garry Kasparov, pero detrás está un propósito claro: evitar, a toda costa, los fraudes. Los mensajes de So no tenían esa intención; pero, de cualquier forma, un jugador del Top 10 mundial nunca debió cometer ese error, sobre todo después de las continuas advertencias.

Los casos de Nigalidze y So son diferentes; sin embargo, tienen un punto de contacto: dañan un deporte que, entre las discrepancias de los directivos de la FIDE con los jugadores, los cambios de federaciones y ahora el dopaje tecnológico ya tiene suficientes problemas de credibilidad.

Publicado en CubaSí