La condena a muerte de Lance Armstrong

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Lance Armstrong eligió el peor lugar para confesar públicamente sus pecados. Quizás sus asesores pensaron que afrontar las preguntas “emotivas” de la presentadora más famosa de la televisión estadounidense, Oprah Winfrey, frente a una audiencia millonaria, sería una estrategia que contribuiría a mejorar su imagen; pero las repercusiones del diálogo de dos horas demuestran que esa maniobra comunicativa no funcionó.

Durante más de una década Armstrong negó rotundamente cualquier vinculación con el uso de sustancias prohibidas. El hombre que ganó en siete ocasiones el Tour de Francia siempre respondió agriamente ante la más mínima mención de dopaje y, para disuadir a los periodistas, lanzó una batalla legal contra el diario británico Sunday Times, esgrimiendo una supuesta “difamación”. Armstrong ganó el caso y su cuenta bancaria creció en 300 mil libras esterlinas.

La reacción del Sunday Times, al observar el “mea culpa” de Armstrong, fue inmediata: presentó una demanda por 1,6 millones de libras esterlinas. Esta no es la única reclamación económica en contra del estadounidense y, de seguro, no será la última.

Frente a las cámaras de televisión, el ex corredor reconoció lo que ya todo el mundo sabía: sus triunfos en el ciclismo fueron “impulsados” por un consumo continuo de sustancias como EPO, testosterona y hormona del crecimiento; además, utilizó el dopaje sanguíneo.

Armstrong aseguró—y esto sí lo creyeron muchos—que no habría podido ganar el Tour de Francia sin la ayuda del doping. “Fue una historia perfecta por tanto tiempo y no era verdad”, le respondió a Oprah.

Su confesión realmente duele, no solo porque el norteamericano fue considerado el ciclista más completo de todos los tiempos; sino, especialmente, porque era un ejemplo de la perseverancia del ser humano ante la adversidad física, a partir de su recuperación de un cáncer que casi termina con su vida en 1996.

Después de mentir por tanto tiempo, obtener una larga lista de títulos falsos y de que sus acciones dañaran, más que en ningún otro caso, la credibilidad del ciclismo, Armstrong insiste en presentarse como una “víctima”. Al menos esa fue la impresión que dio en el diálogo con Winfrey. Cuando la presentadora le preguntó por sus acciones futuras, el ex ciclista aseguró, nada menos, que le gustaría volver a competir; pero se lo impedía lo que denominó “una condena a muerte”.

Así definió Armstrong la expulsión de por vida de cualquier actividad deportiva, que le impuso el organismo estadounidense encargado de enfrentar el dopaje en los atletas (USADA).  “A mí me han condenado a muerte cuando otros deportistas fueron suspendidos por seis meses. No voy a decir que sea injusto, pero mi condena es diferente. Me merezco un castigo, pero no la condena a muerte”.

La indignación global en contra de Armstrong ocupa la mayor cantidad de titulares mediáticos. Las críticas provienen de diversas partes y no es difícil predecir que, ante este “río revuelto”, muchos tratarán de aprovechar la caída para reclamar hasta el último dólar—y con intereses—que le pagaron alguna vez al estadounidense. Más allá de los previsibles debates legales y el descenso de la fortuna de Armstrong, la atención de las instituciones y periodistas debería centrarse en otros temas más profundos y que también están relacionados con el “caso Armstrong”.

Winfrey terminó la entrevista con una de sus preguntas habituales: ¿Cuál es la moral de esta historia? Armstrong no demoró en responder: “lo fácil es decir que no debemos engañar ni mentir. Pero hay algo más grande detrás, cómo me perdí y me equivoqué. Cómo traicioné a gente que confiaba en mí y a los que yo decepcioné”.

Cierto, Armstrong engañó y decepcionó; pero no estuvo solo. ¿Cómo fue posible que los organizadores de los eventos y la Unión Ciclística Internacional no pudieran detectar un dopaje que se extendió por más de una década? La “sagaz” Oprah olvidó realizar esta pregunta.

Publicado en CubaSí

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About micolumnadeportiva

Soy periodista y profesor de Periodismo Hipermedia en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana