La soledad de Lance Armstrong


Estuvo en la cúspide del ciclismo durante casi una década y disfrutó de la admiración de millones, por ser un sobreviviente de cáncer; además, ganó una fortuna por el patrocinio de importantes empresas y su fundación, Livestrong, creció notablemente en poco tiempo. Todas esas historias forman parte del pasado de Lance Armstrong, porque el presente es horrible: expulsado de por vida del deporte, abandonado por las marcas auspiciadoras y sin la presidencia de la fundación, el estadounidense solo tiene que culpar a una persona por sus desgracias: a sí mismo.

La caída del ciclista ha sido dolorosamente rápida. Primero la Agencia norteamericana antidopaje (USADA) lo acusó de utilizar, en varias ocasiones, sustancias prohibidas, por lo que invalidó todos sus resultados, a partir de 1998. Esto representó la pérdida de los siete títulos del Tour de Francia, ganados entre 1999 y 2005.

Ante estos serios cargos, quizás cualquier otro atleta inocente hubiera optado por defenderse; pero Armstrong decidió abandonar sus reclamos. El que calla, otorga; aunque tal vez quedaran algunos que todavía creyeran en la inocencia del multicampeón. Entonces, para terminar con las dudas, la USADA presentó un demoledor documento de mil páginas.

En ese extenso reporte aparecieron las declaraciones de varios ciclistas que, bajo juramento, aseguraron tener conocimiento sobre las frecuentes actividades de dopaje, llevadas a cabo por el club US Postal, para el que corría Armstrong. La USADA fue categórica: el estadounidense había montado “el programa de dopaje más sofisticado jamás visto en la historia del deporte”. Ya no quedaba lugar a la incertidumbre, así que las consecuencias negativas para Armstrong no tardaron en aparecer.

Los organizadores del Tour de Francia anunciaron que los títulos de esa prueba—la más fuerte y prestigiosa del mundo—obtenidos por Armstrong no tendrían validez y que el palmarés, entre 1999 y 2005, quedará vacío. Luego llegó el turno de los patrocinadores. Durante su carrera Armstrong ganó millones de dólares, al prestar su rostro para campañas publicitarias de Nike y Trek, una compañía fabricante de bicicletas.

Al conocer el informe, ambas empresas trataron de distanciarse del “árbol caído”. Nike—sobre la que se insinuó que, en 1999, pagó 500 mil dólares a un ex presidente de la Unión ciclística internacional para ocultar un dopaje de Armstrong—publicó un comunicado donde anunció el fin de su relación con el ciclista, porque este los había engañado durante 10 años. Trek adoptó una posición similar.

Para completar el caos, Armstrong decidió apartarse de la fundación Livestrong. En 1996 el ciclista conoció que padecía un cáncer testicular. De inmediato comenzó una tenaz lucha contra esa enfermedad y, para sorpresa de muchos, meses después el atleta aseguró que estaba sano. En 1997 creó Livestrong, una organización sin ánimos de lucro que se apoya en las donaciones para proporcionar servicios a pacientes y sobrevivientes de cáncer y a sus familias.

Livestrong tiene un gran prestigio, no solo en Estados Unidos, y en esto influyó, indudablemente, el trabajo de Armstrong. El ciclista no recibía dinero por el puesto de director; pero su escándalo afectaba a la imagen de la organización. “Para ahorrar a la fundación cualquier efecto negativo como resultado de la controversia que rodea mi carrera ciclista, pondré fin a mi presidencia”, dijo Armstrong, en un comunicado.

Armstrong ahora ni siquiera puede competir en el triatlón, la especialidad que seleccionó para continuar su vida atlética. Todos le han dado la espalda. Sin títulos y considerado como uno de los grandes tramposos del ciclismo, el estadounidense enfrenta el peor de los castigos: el olvido.

Publicado en CubaSí

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About micolumnadeportiva

Soy periodista y profesor de Periodismo Hipermedia en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana